Reconozco que mi vocación por la interpretación viene de muy lejos.
"¿Qué puedo hacer?", pensé yo. Me tumbé en el suelo, centré mi atención en escuchar bien y esperé. Hoy tocaba hacerse el muerto... Poco después mi hermana me descubrió boca arriba, inmóvil. Me movió con fuerza, pero no respondía. Asustada, trepó por una estantería repleta de libros y juguetes hasta lo más alto. Revolvió como pudo buscando algo, y cuando dió con lo que quería, regresó al suelo de un salto. Yo contenía la respiración como podía. Me moría de la risa por dentro al sentir que había logrado preocuparla:
- ¡Te cuento hasta tres para que te levantes o si no ya verás! -, confundida.
- Uno. Dos... ¡Tres! - Silencio.
- ¿Te levantas o no? -, preguntó en balde.
Segundos después intentó reanimarme con todas sus fuerzas: me golpeó en la boca con una porra de militar. Me reventó el labio superior y me partió un poco un diente. Yo gritaba con la boca ensangrentada, en busca de mi madre:
- ¡Éso te pasa por querer asustarme! -, alegaba ella.
Hasta que fue desapareciendo, la aspereza del diente me impedía mover la lengua demasiado, y era un fastidio. Poco a poco me fui acostumbrando y no le di importancia alguna a la nueva situación. El diente roto se convirtió en una seña de identidad propia. A medida que pasaba el tiempo, fui recibiendo comentarios y opiniones de todo tipo:
- Te hace distinto; especial -, algún familiar.
- Me gusta porque refleja tu oposición, tu rebeldía -, entre amigos.
- No me he fijado en éso precisamente... -, los ligues.
- ¡Ni se te ocurra arreglártelo, eh! -, compañeros de trabajo.
- ¿Cómo te lo hiciste? ¡Qué guay! -, cuando conocía a gente.
- ¿Y alguna vez no te han cogido para un papel por éso? -, otros.
Dieciséis años después, he decidido realizarme la mejora estética del diente. Y quiero dedicarle este episodio con todo mi cariño a mi hermana pequeña, Carmen, autora de la huella más evidente de mi infancia y adolescencia.
sábado 25 de abril de 2009
UN JUEGO DE NIÑOS
Publicado por Francisco García 3 comentarios
domingo 5 de abril de 2009
DE SUEÑOS Y REALIDADES
→ Un juego de mesa muy parecido al de la película Jumanji, aunque mucho más evolucionado, completo y comercial. Un avisado niño de ojos oscuros despliega el tablero con gran emoción. Coloca todas las figuras en fila india: un mono violento, un elefante sosegado y un pelícano perspicaz, entre otras más. La mesa maciza soporta una especie de zoo educativo. En seguida aparece otro niño. Éste es delgadito, muy moreno y afable. Podría ser el séptimo de entre todos los hermanos. Ambos críos parecen entenderse bien.
La madre se presenta para ayudarles, como hace por sistema con todo y todos, a jugar. La hermana mayor interviene observando a los pequeños, sonriente y atenta. La mediana se hace sitio forcejeando, se avalanza sobre las fichas y toma los dados eufórica. La pequeña corretea por allí mientras el resto de hermanos duermen. La madre coloca y descoloca. Chillidos, alboroto y caos entre unos y otros. El niño de ojos oscuros se pone nervioso porque medio juego acaba por los suelos y lanza de una patada una silla contra otra, lejos. El padre se levanta y se dirige hacia él:
- ¡A que te doy una hostia! -, dijo rápido y seco.
- ¡Dámela! ¡Pero a ellas también! ¡Ha sido por todos! -, contestó el niño con la garganta seca, agitado.
El padre cambió su expresión y volvió impotente a su asiento pensando en esa respuesta.
→ Por un día soy yo quien baja a por el pan. Dentro de la pastelería, el hombre que me precede se ha dado el caprichito de comprarse unos pasteles. Parecía contento por su adquisión y yo pensé "¡Di que sí!". Lo malo fue cuando llegó el momento de pagar. En lugar de hacerlo, comenzó a decirle a la pastelera: "Yo soy del Barça". Varias veces seguidas. Y ésto a mí me congeló. No se trataba de sentirme invadido por la afición culé, ni mucho menos. Creí por un instante que había coincidido con mi padre. Pagamos al mismo tiempo y salimos de allí, yo antes.
Mi padre apenas me pegó.
Hoy me encuentro abatido, y no puedo cambiar mi estado ni despierto ni dormido. Me consuela pensar que puedo dar un abrazo fuerte a mi padre siempre que quiera, a pesar de que él no sienta nada por no estar en sus cabales.
Publicado por Francisco García 7 comentarios
Etiquetas: Personal, Reflexiones, Sueños




