La abstracción es pura niebla. Empieza a preocuparme que no nos hayamos visto en todo este tiempo. Y desconozco dónde se halla, por eso indago sobre ello y lo busco sutilmente. Mientras camino con esta idea, creo ver algo a través del cristal circular de una puerta que queda a mi derecha, que, inquieto, lucha por salir de entre ella. El cristal no quiere formar parte de ese punto intermedio insustancial que nos separa. Yo, pegado a él, lo busco con los ojos sin saber si quiera si está al otro lado.
Un coro se dispone de cara a los espejos, como marcando la línea del frente de una guerra. Y en el coro, él. No me he acercado para ver cómo abre la boca y entona; ya le visto hacer éso de otro modo, ya le he visto entonado, y lo siento, no hay comparación posible entre un momento y otro.
Se trata de una aproximación para, más tarde, romper con la distancia que se ha establecido entre nosotros y acabar con esta extraña atmósfera que nos envuelve al tiempo que repele nuestros cuerpos.
Pronto siente que mis ojos se han clavado en los suyos, y me devuelve la mirada; una mirada sin expresión, vacía, y muy breve. Desde fuera da la impresión de que está balbuceando, y que el trabajo vocal es una broma para él. Su gesto parece insoro. "¿Qué tienes en la cabeza, chaval?", le preguntan mis pupilas.
Al no obtener respuesta, me vuelvo fijándome en que el cristal circular ha dejado de luchar y se ha dado por vencido. Y me alejo con la sensación de estar desplazándome sobre una esponja enorme mientras bato con fuera las cariocas que llevo entre mis manos.
Muchos minutos después, muchas horas después (siendo ahora bastantes menos), se acerca y dice "¿Qué tal estáis, chicos?" .
Creo que está fallando la precisión.